Casi todas las discusiones de reglamento que llegan al gran público pertenecen a una de estas dos familias: o bien se discute cómo se cuentan los puntos, o bien se discute quién tiene la última palabra sobre un hecho concreto. Son problemas distintos y conviene no mezclarlos, porque las soluciones que ha encontrado cada deporte también son distintas.
Cómo se cuenta
El tenis usa una escala heredada que no es acumulativa: los puntos forman juegos, los juegos forman sets y los sets forman el partido. Se puede ganar un partido habiendo sumado menos puntos totales que el rival, y eso no es un defecto del sistema sino su rasgo definitorio: cada juego reinicia la cuenta y convierte determinados puntos en decisivos. El voleibol funciona con la misma idea de compartimentos —sets a veinticinco puntos con dos de margen, quinto set a quince— desde que el punto directo sustituyó al saque como única vía de anotación. El bádminton adoptó ese mismo principio y juega al mejor de tres mangas a veintiún puntos, con un tope establecido para que un intercambio de ventajas no se alargue indefinidamente.
El baloncesto y el balonmano, en cambio, acumulan: cada canasta o cada gol suma al marcador general y el reloj hace de árbitro final. El rugby está en medio, porque distingue el valor de las acciones: un ensayo vale cinco puntos, su transformación dos, y tanto el golpe de castigo como el drop valen tres. Esa escala no es decorativa, define la estrategia entera de un partido: cuando la diferencia es de tres puntos, un equipo busca la posición para golpear a palos; cuando es de siete, necesita ensayo y transformación.
Quién decide
La segunda familia de discusiones es la del hecho controvertido: si la bola tocó la línea, si el pie pisó fuera, si hubo contacto antes del tiro. Aquí ningún deporte ha resuelto el problema del todo, pero todos han acotado dos cosas. La primera es qué puede revisarse: normalmente hechos objetivos y binarios, del tipo dentro o fuera, y no valoraciones. La segunda es cuándo puede pedirse la revisión, con un número limitado de peticiones por parte o por partido y con la condición de que se pierda el derecho al equivocarse.
La diferencia entre deportes es notable. El tenis apoya buena parte de sus decisiones de línea en sistemas electrónicos de seguimiento de la bola, que producen un dictamen inmediato y visible para el público; sobre tierra batida, sin embargo, la marca que deja la bola en la superficie sigue teniendo valor reglamentario y el juez de silla puede bajar a comprobarla. En rugby existe una figura específica de árbitro de vídeo que interviene a petición del colegiado principal y cuyo diálogo se emite en directo dentro del estadio. En baloncesto y voleibol la revisión es a instancia de los equipos, con un cupo cerrado. Y en balonmano el margen es mucho menor, porque el juego es continuo y detenerlo tiene un coste alto.
Lo que estas soluciones tienen en común es un principio de economía: revisar cuesta tiempo, y el tiempo forma parte del espectáculo y del rendimiento físico. Por eso ningún reglamento serio permite revisarlo todo. La pregunta que hay detrás de cada norma de arbitraje no es «¿podemos verlo mejor?», sino «¿cuántas veces vale la pena parar?».